duminică, 14 februarie 2016

HORIZONTES INTERCULTURALES. INTERCULTURAL HORIZONS


En una tienda del campo

por Daniel Dragomirescu

...En esos años, las colas frente a los almacenes hacían parte del paisaje de nuestras vidas cotidianas. Con ellas nacimos y vivimos muchas generaciones y creo que la mayoría de nosotros las consideramos igual de inmortales como el sistema político cuyas marcas emblemáticas eran y de las cuales no podían separarse. La primera cola que recuerdo haber visto fue a los tres años en una pequeña tienda de C., un pueblo eminentemente gitano, cerca del monasterio Pasărea*, de la orilla del lago con el mismo nombre. No recuerdo exactamente si venía o me iba de ahí, pero esto tiene menos importancia. Quizás habíamos venido especialmente para comprar algo o quizás estábamos sólo de paso. Era verano, hacía mucho calor y frente a la puerta de la entrada de la tienda había un montón de gente, cosa que me llamó la atención como algo menos habitual. El vendedor no se veía, probablemente estaba adentro, detrás del mostrador, y al parecer lo único que vendía, generando automáticamente ese hacinamiento, eran unas galletas sueltas como unas tablillas rectangulares y adornadas, las habituales galletas populares, de buen sabor (si estaban frescas), pero que por culpa de la pobreza no las podías encontrar casi nunca, cada día o en cualquier lugar (en cualquier tienda de comestibles). Y mira que sucedió que una tienda campestre tuviera, precisamente en ese día de verano, lo que no se encontraba fácilmente ni siquiera en Bucarest, una situación aparentemente paradójica, con la cual, a medida que pasaban los quinquenales, la gente se encontraba cada vez más seguido: encontrabas botas de agua en la estación F.C. de Lehliu, crema de afeitar o pasta dentífrica de Urziceni, libros agotados en las librerías de la capital en una cooperativa de Brănești y motocicleta con sidecar en la cooperativa de Vidra… Creo que ese era el motivo por el cual entre los que hacían la cola se  se encontraban también unos bucarestinos, señores y señoras, también encontrándose por ahí de paso, después de haber bajado del coche de carrera para ir de visita al monasterio. Conmigo en brazos, mi padre se puso en la fila, pero la cola avanzaba como cualquier cola, muy lentamente. Los que salían de la tienda eran pocos y escasos y la cola parecía larga e interminable, como siempre en el campo, y muy desordenada: a cual más se abría paso a codazos y empujaba a la gente de alrededor, para llegar más rápido a la puerta de la tienda. Algunos, sin tomar en cuenta la fila, se metían en frente de los demás y llegaban a ser servidos y después salían con una bolsa de galletas populares en los brazos, con una sonrisa triunfadora casi incontrolable. Por lo visto, se daba sólo una cantidad limitada por persona, aún así el miedo de que la mercancía buena y rara se terminara exactamente cuando te tocaba, era realmente justificada. No sabía contar en ese entonces, pero desde los brazos de mi padre veía la multitud de gente alrededor de la entrada de la tienda y el antojo de ronzar galletas populares me volvían cada vez más impaciente. Era algo nuevo para mí también, lo creo. Hasta entonces en nuestro campo no tenía que empujarme no tenía que empujar a mi hermano o a otra persona (mi abuelo) y no tenía que esperar hasta que mi madre me diera de comer, y en el almacén del pueblo, donde el hacinamiento del mostrador tenía que estar al día, aún no había sido mandado porque estaba demasiado pequeño.      

Así que estaba mirando con los ojos grandes a la gente amontonada en la entrada de la tienda de Cozieni y sudaba y temblaba de inquietud e impaciencia. Pero mi padre esperaba pacientemente su turno y avanzaba paso a paso. Había atardecido y la luna ya estaba en el cielo cuando nos tocó, y detrás de nosotros la cola no se había disminuido para nada. Tuvimos suerte de que el coche de carga trajera suficientes cajas con galletas populares, producidos en la Fábrica "La Espiga" de Bucarest, en la tienda del pueblo y probablemente después iba a correr mucha agua en el río Dâmbovița hasta que el coche de abastecimiento llegara de nuevo, por muy grande que hubiera sido el pedido de galletas de los nativos de la antigua hacienda del monasterio Pasărea. Con la cara llena de gotas de sudor y satisfacción, mi padre puso en mis brazos la bolsa, de color ceniza,  llena de galletas y se abrió paso entre la muchedumbre, diciéndome que las comiera a todas. Eso fue justamente lo que hice, pero por primera vez en mi vida empecé a entender que vivíamos en un mundo donde las colas eran obligatorias en cualquier tienda donde se vendía algo.


     Nota: En traducción el nombre del monasterio es Pájaro, porque de acuerdo a una leyenda los monjes del Monasterio de Cernica han fundado (en 1811) este monasterio de monjas siguiendo el vuelo de un pájaro, un símbolo bien conocido del Espiritu Santo.

(fragmento de la novela “Hombres y marionetas”, en preparación)

Traducere de Ana-Maria Voicu
At a country shop

In those times queueing in front of the shops was part of our daily life. We were born and used to live with these queues for many generations and I think most of us considered them as everlasting as the socio-political regime which they stood for and from which they could not be separated.
The first queue I remember seeing was when I was about three years old, in a small shop from C., a genuine gipsy village, near Pasarea monastery, on the shores of the lake bearing the same name.
I do not recall exactly whether we were on the verge of arriving or leaving that village but this matters less. Perhaps we had come purposedly to buy something or maybe we were just passing by. It was summer and hot, and in front of the shop entrance there were lots of people, a fact which caught my attention as a bit odd.  The salesman was nowhere to be seen, perhaps he was inside, behind the counter, and it looked like all he had to sell were some bulk crackers, of a rectangular shape with fringed margins, the customary traditionally tasty (if freshly baked) crackers, which were difficult to find anywhere (in any food store), in those days of scarcity.
But right on that summer day, it happened that a village shop had on sale what one could not easily find even in Bucharest; an apparently paradoxical situation that people would come across more often during those quinquennials: one would find rubber boots in Lehliu Gara, shaving cream or toothpaste in Urziceni, books otherwise out of stock in the capital city’s bookshops would be found in a village cooperative in Branesti and sidecar motorcycles in Vidra...
I think this was the reason why among the queueing crowd there were some Bucharest folk, gentlemen and ladies, just passing by, who had jumped off their racing cars for a visit to the monastery.
Carrying me in his arms, my father was also queueing, but the queue went forward at a snail's pace, just as queues usually do. Those who came out of the shop were few and far between, and the queue seemed long and endless, and as always in the countryside it was very chaotic: people elbowing and pushing each other in eager rivalry to be the first to reach the shop's entrance.
Some of them, ignoring the order, would go in front of the others and managed to get served, so afterwards got out of the shop holding the cracker bag in their arms, hardly disguising a triumphant smile.
Apparently they were selling only limited quantities per person, but the fear that the good and rare merchandise would be finished just when your turn came was more than justified.
At that age I could not count, but  I could watch the human mayhem around the shop's entrance and my craving for crunching the popular crackers made me more anxious.  I think it was something new for me as well. Until then, in our home village, I did not have to shove my brother or anyone else (my grandfather) and wait until mother would feed me, as for the village shop, where the overcrowding in front of the counter must have been customary, I had not tried it as I was too small to be sent for shopping at that time.
So I was just looking with big round eyes at the people in front of the Cozieni village shop entrance, and I was sweating and trembling with excitement and impatience.
But my father was queueing patiently, taking one step forward after the other. It was getting darker and the moon was up in the sky when our turn came and behind us the queue was not getting smaller at all. We were lucky that the supply truck had brought to the village shop enough boxes with popular crackers, made by 'Spicul' bakery in Bucharest; most probably there would be a long time before the supply car would show up again, in spite of the high demand for popular crackers among those living on the former estate of Pasarea monastery.
With a sweaty yet satisfied face, while pushing his way out of the crowd, my father thrust the grey bag full of crackers in my arms telling me I could eat them all. This was exactly what I did, but for the first time in my life I began to understand I was living in a world where queueing was mandatory at every shop which had anything for sale.

 (fragment from the novel "Men and Puppets" - work in progress)

Traducere de Irina Secărescu
Corectură de Roxana Doncu



2 comentarii:

Mirian Caloretti spunea...

Felicitaciones querido Daniel, alta calidad la de tu pluma. Me alegra que sigas creciendo en las artes de crear y remover las esencias humanas. Un gran abrazo a todos los amigos, digasle que tuve la alegrìa de pisar su linda tierra y volvere a beber de sus rios y respirar de sus vientos. Pero especialmente a mirar la profundida de la belleza de las pupilas de sus niños. Besos.

Mirian Caloretti
Vice Presidenta de la Casa del Poeta Peruano
Periodista- Investigadora de la Universidad Nacional del Callao.

Carmen Troncoso spunea...

Querido Daniel, este fragmento nos dice un poco de la historia que se vivio en cierta epoca, me ha gustado mucho el ritmo y el contenido, de lo cual nos podemos imaginar muchas cosas,
Un abrazo feliz desde Chile!